El de la hija
Yo no tengo hijas, nunca he llamado a nadie “hija” pero
tenemos que admitir lo bien que sienta que alguien (Especialmente si es una
señora amabilísima) te llame “hija” o “cariño” de manera cálida. Siempre me
acuerdo de aquellas cajeras que cuando has tenido un día de mierda y estás
comprando los kitkat, helado y guarrerías de rigor, te dice “Son 7,36 cariño”.
GRACIAS SEÑORA DESCONOCIDA, ME HA HECHO EL DÍA.
Estos momentos sólo me han pasado desde que llegué a
Valladolid. Mira, yo no sé qué pasa. Yo tenía la idea de que 1) Todas las
castellanxs eran unas secxs y 2) Muy probablemente hasta bordes. Pero como este
blog va básicamente de yo como una tolai dándome cuenta de que hay vida más
allá de Madrid, pues otra cosa de la que me di cuenta es que (SORPRESA), hay
gente incluso más maja que en Madrid.
En Castilla y León, lo que he vivido yo, es que de principio
no son majísimxs y súper friendly como en Madrid. Son amables y correctxs por
supuesto, y algunx hasta sonríe, pero no es ese SOMOS SÚPER BBF del principio.
Pero cuando te han visto un par de veces, has sido amable y has sonreído (yo mi
momento madrileña de sonrisa en la cara siempre), ya son majísimxs. Y luego
llega el momento cumbre, el mejor momento de todos: Cuando te llaman hija o
cariño.
Es que ese momento es TOP. GRACIAS.
A mí no hay nada que me haga sentir más bienvenida en un
sitio que se sepan mi nombre o que me pongan uno de esos apelativos. De verdad
que me muero de ternura por todas partes y quiero llevarme a la persona en
cuestión a mi casa para que sea mona 24/7. Me acuerdo de dos ejemplos claros de
esto, los que más se han quedado en mi cabeza, a parte de la maravillosa
Virginia que está en la panadería Pagnotella y que ya se sabe mi nombre, un
besazo que es la bomba de tía y la panadería es la hostia.
El primero es cuando un día de noviembre súper temprano, con un frío que pela, una niebla que no veía más allá de 20 metros (Otro día hablamos de las nieblas de Valladolid que TELA) y para colmo, llovía un cojón y medio; nivel alguien había abierto el grifo del agua y se le había olvidado cerrarlo y yo me cagaba en sus antepasados uno por uno. Iba a coger un bus para una entrevista de trabajo que me pillaba a tomar viento de mi casa. Yo, como tolai que soy, todavía no me había mentalizado de que vivía en época COVID y pensaba pagar con monedillas sueltas el bus. Con el dinero contado en la mano y ya con el moquillo cayendo, saludo al autobusero (SIEMPRE SALUDAD A LOS AUTOBUSEROS, NO OS CUESTA NADA) y me dispongo a pagar por el billete. El señor, súper amable que tendría ya sus 60 años, me dice “Perdona, con el Covid no se puede pagar en efectivo, sólo admite tarjeta transporte”. El hombre tuvo que ver mi cara de ME CAGO EN TODO, porque para variar llegaba con el tiempo justo, que me sonrió y directamente me dijo “Pasa hija” y que me sentara, que no pasaba nada. Yo por supuesto “Jolín, muchas gracias en serio, muy amable” mientras el hombre seguía sonriendo y diciéndome que tranquila, que invitaba él. Me senté y milagrosamente llegué a tiempo a la entrevista de trabajo. SPOILER: Me cogieron, pero era tan explotador que lo dejé al día siguiente. Señor autobusero, no sé dónde está, pero gracias por ser tan amable y cuqui.
El segundo ejemplo es con una costurera. En Valladolid por
algún motivo hay muchísimas tiendas de arreglos de ropa, lo cual a mí me viene
genial porque, aunque sé (malamente, trá, trá) coser dejo la prenda en cuestión
hecha un puñetero cuadro y todo mal. Casi prefiero que lo haga alguien que sé que
no va a dejar mi ropa peor que como estaba porque para eso ya lo hago yo. Fui a
recoger una camisa que se había roto y de paso le dejé a la señora un vestido
que me quedaba largo. Era ¿martes? Y le dije que si era posible tenérmelo para
el jueves. La señora (otra vez amable y tal, pero sin sonreír) me dijo que sí
era posible, que sin problema y que me pasara el jueves. Yo a la señora ya le
había llevado un par de prendas antes y todo genial. Llegó el jueves, voy a
recogerlo (siempre con la sonrisa, yo soy incapaz de no sonreír) y le digo que
genial, que muchas gracias que sé que he dejado muy poco tiempo. Y ella me dijo
YA SONRIENDO “No te preocupes hija, espero que te esté bien”. Yo claro, me
muero de amor. NO SE DEBE DE SER TAN MONA JODER.
A parte de estas dos personas, que son los principales
ejemplos que tengo en la memoria, mención especial a mi suegra que desde que me
conoce me llama hija y me sonríe muchísimo cada vez que me ve. Esa señora es
ser de luz de los pies a la cabeza.
Por favor personas de Valladolid, seguid siendo tan amables
como vosotros sabéis serlo, que hacéis la vida de los demás mucho mejor.
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